noviembre 01, 2006

La muerte de los limoneros


Durante la décadas del sesenta y setenta, se produce un profundo deterioro de los cultivos frutícolas de la parte alta de la quebrada, especialmente de los limones. A la pérdida de casi toda la producción debido a la plaga que atacó a las plantas, siguió irremediablemente, una fuerte emigración de familias a los centros urbanos de Arica e Iquique.

El despoblamiento drástico de los caseríos de la quebrada nunca pudo ser revertido totalmente. A ello contribuyeron negativamente el cierre de muchas escuelas rurales durante los años ochenta, y la pérdida de identidad que significó la irrupción de una nueva forma de “administración chilena”: los nuevos discursos, símbolos e hitos geográficos demarcatorios que trajo consigo el proceso de regionalización. Progresivamente, la figura del patriarca perdió legitimidad ante las nuevas autoridades, omnipresentes.

Este fenómeno migratorio marca un hito trascendente, definitivo para muchos, y es conocido como “la muerte de los limoneros”.

“Uno de los hechos más tristes, y que obligó a las familias a irse, a dispersarse, y algunos nunca volvieron a sus tierras, fue cuando se produjo la muerte de los limoneros. Después de eso, nada volvió a ser igual”.
(Juana Flores)

“... antes había bastante gente acá oiga, ¿sabe por qué después se fueron? Porque los limoneros se murieron”.
(Valeria Tauca)

La incorporación del territorio de la quebrada a programas sociales y de mejoramiento agropecuario ha revertido paulatinamente el efecto perjudicial de las plagas que atacaron masivamente a las diversas especies cultivadas. Esto ha resultado en un lento proceso de reversión migratoria. La comunidad ha jugado un rol preponderante en este proceso, y sus explicaciones respecto de él, constituyen el correlato de la interpretación mágica que dieron al hecho: a la “muerte” siguió la “resurrección”, como recompensa al empeño de quienes no abandonaron, al menos definitivamente, la tierra ancestral.

“Después, para volver, vi si me soñaba. Y no me soñé nada, pero sabía que Dios nos tenía algo preparado. Tomamos desayuno. Yo tengo dos árboles. Les dije: los vamos a recortar, y enseguida vamos a poner todas las mangueras y vamos a lavar esos dos árboles, que estaban llenos de miel, usted los viera, negros, color café los árboles... por eso de ahí se había ido mucha gente también ...
... de repente, a los cinco días, con hojas la guayaba, ¿cómo?, ¡tan bonito!, y ¡quien no compró mangueras! Fue una felicidad muy grande. Eso no ocurrió en sueños, pero en el pensamiento, sí”.

(Valeria Tauca)

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