noviembre 01, 2006

Viajes troperos



Durante centurias, y hasta entrada la segunda mitad del siglo veinte, los viajes troperos constituyeron la forma de organización productiva, económica y sociocultural más relevante de la quebrada de Miñi Miñe. Además del intercambio de productos que posibilitaron la sobrevivencia material de sus habitantes en difíciles condiciones climáticas y de aislamiento, el desarrollo de esta forma de comercio permitió el contacto permanente de la población de la quebrada con el “mundo externo”, permeando actitudes y conductas más occidentalizadas.

Es importante destacar al respecto que aunque no es trascendente en el relato de los más ancianos la variable nacionalidad -más bien constituye un mero dato-, primero la “peruanización” y más tarde, la “chilenización” de los habitantes de la quebrada (en definitiva, la incorporación de elementos culturales exógenos), se vio notoriamente favorecida por los intercambios lingüísticos y de información no verbal que resultaban de los viajes troperos.

Por otra parte, es relevante la efectiva incorporación de las mujeres al mundo laboral y social, a través de la participación en estas caravanas.

“Después ya fui creciendo yo, tendría mis catorce años, me fui a conocer Zapiga. Fui con mi hermana Rosalía a conocer. Ella conocía. Después ya me iba con cualquier otra persona, ya tenía quince, dieciséis años, con los animales, mis burros llevaba con carga, una hermana de doña Celinda (hija de Luzmira Quenaya) también iba conmigo...”...
(Valeria Tauca)

“Yo iba a Zapiga con la Valeria (Tauca), las dos nos acompañábamos, íbamos en burro, dos días para llegar a Zapiga, llegábamos a Suca primero, los hacíamos descansar, comer pasto seco, y después nos íbamos en la noche, ¡toda la noche andando!, las dos solas...
... pero iba harta gente, todos para Zapiga, algunos burros se cansaban en el camino, morían, quedaban ahí...
... para pasar Tana había gente mala, así que ahí para pasar nos juntábamos todos, que robaban, lo mataban a uno, nos juntábamos en un altito, y bajábamos todos juntos al río, y de ahí subíamos a Tiliviche, y de ahí llegaba el donque, que le decían antes, sería un motor que sonaba tanto, y de ahí llegábamos a Zapiga, llegaba el tren primero a Zapiga, ahí traía mercadería, después ya nos veníamos, dos días pa´cá también, muy lejos...”...

(Luzmira Quenaya)

La periodicidad de los viajes, cada quince días, que se alternaban con subidas a Miñita y Cuanaya a buscar la fruta, que luego sería intercambiada por otros productos mediante el sistema de trueque, unida a la indefensión e incertidumbre que provocaban llevarlos a cabo, determinó paulatinamente el surgimiento de toda una mitología y de leyendas con profundo sentido de reafirmación de valores morales compartidos socialmente. La viuda, el condenao y otros mitos antropomorfos de profunda raigambre (que serán presentados en los capítulos siguientes) surgieron, junto a anácdotas de viaje, cuando los troperos se reunían en las noches a conversar alrededor del fuego.

La profunda relevancia que los viajes troperos tenían en la vida comunitaria de los habitantes de la quebrada queda de manifiesto en que su recuerdo permanece no sólo en la memoria de quienes participaron activamente de esa actividad, sino también en testigos presenciales y otros, a través del relato de sus progenitores.

“El viaje para la comercialización de los productos era bastante esforzada. Tenía que partir la persona con sus productos al mediodía y después al anochecer estaba en el poblado de Suca, y ahí tenía que tomar una colación y los animales tomar un descanso, descargarla, y hacer comer la tropa, para que pudiera soportar el viaje.
En la misma noche después de un rato prudente se volvía a cargar y continuaba el viaje. Al amanecer estaba en la quebrada de Tiliviche, atravesando las siete pampas y tipo once de la mañana estaban en Zapiga”.

(Juana Flores)

Durante el periodo de auge salitrero, los poblados de Huara y Zapiga constituyeron los principales centros comerciales y de acopio de productos, debido a su entonces privilegiada ubicación en la Pampa del Tamarugal.

Zapiga constituyó el centro neurálgico de estos movimientos comerciales que iban desde y hacia la cordillera y también, a la costa, al puerto de Pisagua. Tanto el viaje a través de la quebrada como los procesos de comercialización en el poblado de Zapiga conformaron una serie de ritos que sus actores reeditaban cada vez. Estos ritos, hoy inexistentes, consolidaron modos de relación efectiva y positiva con lo externo, y reafirmaron entonces la relevancia y validez de la actividad que tradicionalmente y por siglos ellos habían realizado, no sólo como modo de sustento, sino sobre todo, como elemento unificador definidor de identidad comunitaria.

“... ahí llegaba un camión que compraba la fruta de propiedad de don Alberto Enei ...
... lo interesante de los viajes antiguos era que llegaban a Zapiga, a un lugar determinado que se llamaba Tambo, ahí había pasto para los animales y agua, y se podían dejar las tropas, y después hacer sus trámites...
... era costumbre que pasaran a servirse donde los chinos, que tenían como siempre su comercio de cocinería, se comía mucho la albacora, traída en tren desde Pisagua, eso era bonito, había mucho comercio en Zapiga, mucho boliviano, mucho peruano, mucho yugoslavo, que llegaron a instalarse allá, y ahí fíjese hubo amistades con estos comerciantes que perduraron en el tiempo...”...
(Juana Flores)

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